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Michoacán

Día de las poblaciones indígenas

Alma Gloria Chávez/Colaboración especial
«A lo largo de la historia , unos grupos han dominado y colonizado a otros, y frecuentemente la cultura subyugada ha pagado un alto precio por ello»

-Amnistía Internacional

La zona hoy llamada América, no ha sido excepción en la historia de dominación de unos grupos por otros. Antes de la llegada de los europeos, gran-

des zonas del Continente Americano estaban gobernadas por imperios indígenas, como los aztecas y los toltecas, cuyos habitantes también sufrían vejaciones, pudiendo ser esclavizados o ejecutados.

Cuando es octubre de 1492, Cristóbal Colón, financiado por los reyes de España, desembarca en la Isla de La Española, América descubre el capitalismo. En su diario del Descubrimiento, el almirante escribió 139 veces la palabra «oro» y 51 veces la palabra «Dios» o «nuestro Señor».

Aunque se equivocó al pensar que nuestras tierras eran Japón o China, el 27 de noviembre profetizó: «Tendrá toda la cristiandad negocio en ellas». Y en eso, no se equivocó. Antes de la conquista, los monarcas locales sometían, mediante vejaciones, a los más débiles. Desde la colonización, basada en el despojo de bienes y territorios de la región, los habitantes indígenas han sufrido frecuentes y graves violaciones de derechos humanos.

Los abusos desmedidos de los colonizadores y los estragos causados por el hambre y la enfermedad, eliminaron prácticamente a los pueblos indígenas de algunas zonas de América, entre ellas de la isla en donde por primera vez desembarcó Colón.

Tal vez, a lo largo de estos más de 500 años hayan disminuido los homicidios en gran escala de comunidades indígenas, pero nunca han dejado de cometerse. Los especialistas están de acuerdo en que los indígenas eran un objetivo concreto cuando el ejército sofocó la revuelta campesina en El Salvador de 1932.

Se cree que murieron más de 30 mil personas, muchas de ellas indígenas. La mayoría de los que consiguieron sobrevivir abandonaron sus comunidades y ropas tradicionales, para escapar de las ejecuciones sumarias y desde entonces no volvieron a hablar sus lenguas indígenas en público.

Se estima que hoy en día viven en América más de 30 millones de indígenas, descendientes de los pueblos precolombinos que una vez fueron los únicos habitantes de la región.

Tomando en cuenta la definición adoptada por la Organización Mundial del Trabajo (OIT), en su Convenio relativo a las Poblaciones Indígenas o Tribales de 1989, sabemos que éste se aplica a dos categorías de pueblos: «A los tribales en países independientes, cuyas condiciones sociales, culturales y económicas les distingan de otros sectores de las colectividad nacional, y que estén regidos total y parcialmente por sus propias costumbres o tradiciones, o por una legislación especial», y a «los pueblos en países independientes, considerados indígenas por el hecho de descender de poblaciones que habitaban en el país o en una región geográfica a la que pertenece el país en la época de la conquista o de la colonización, o del establecimiento de las actuales fronteras estatales y que, cualquiera que sea su situación jurídica , conservan todas sus propias instituciones sociales, económicas, culturales y políticas, o parte de ellas».

A la fecha, encontramos diversos procesos políticos bajo el liderazgo indígena y con una cada vez más creciente alianza con otros sectores de la sociedad. Algunos pretenden ampliar los marcos normativos constitucionales; otros, alcanzar la ratificación del Convenio 169 de la OIT o bien, avanzar en su reglamentación a través de legislaciones secundarias.

Pero a pesar de los pesares, este 9 de agosto, decretado por la Organización de las Naciones Unidas como el Día de las Poblaciones Indígenas, en muchas partes del Continente, quienes se reconocen con orgullo descendientes de pueblos originarios, expresaron su decisión de continuar siéndolo.

Rechazando las «ayudas» que algunos gobiernos ofrecen para poder tenerles sujetos o asimilados; rebelándose para no servir de atracción turística mientras se les despoja de tierras y recursos naturales; resistiéndose a firmar documentos amañados que acabarían privatizando territorios.

«La guerra de exterminio planteada contra los pueblos y comunidades fragmentó y desarticuló muchos espacios. Sin embargo, no nos han podido exterminar. Nos han golpeado, pero aquí estamos, aquí seguimos.

Aquí nos reunimos y nos juntamos las palabras y las historias de muchos para gritarle al poder, a las empresas, a la clase política, que no nos van a vencer. Nuestra luz está viva…», dijo la voz del Congreso Nacional Indígena en Nurío, Michoacán.

«Hacemos reuniones, talleres, encuentros, pero también fortalecemos nuestras asambleas, nuestras autoridades agrarias y tradicionales, la lucha en defensa de nuestros maíces, la defensa de nuestros bosques y agua, la lucha contra la certificación de nuestras tierras y los servicios ambientales, ejerciendo una educación cada vez más autónoma… Así lo hacemos luchando contra las mineras, las madereras, los acaparadores de la tierra, contra los grandes empresarios acaparadores de alimentos como la cadena Wal-Mart, contra la privatización de nuestras aguas, contra leyes estatales que quieren legitimar la contrarreforma del 2001…».

En este nuevo siglo y desde el corazón de México, se ha elevado la voz indígena que busca su reconocimiento pleno, de manera firme, pero pacífica. Mostrándonos otra forma de hacer política, otra forma de ser autónomos, dignos, íntegros:

«Para defender nuestra patria, la tierra de la que somos guardianes, tenemos que unirnos con estos otros y otras… Para encontrarnos con ellas y ellos, para encontrarnos también como pueblos originarios, tenemos que construir un lugar, un movimiento nacional.

Un lugar donde cada quien sea, y sea con respeto a su historia y su modo. Un lugar donde no se imponga y no se desprecie. Un lugar de respeto. Un lugar para escuchar y aprender. Un lugar para conocer al otro, a la otra. Un lugar para ir sabiendo las demandas de abajo y escribirlo y lucharlo: un Programa Nacional de Lucha.

Un lugar para sacar el nuevo acuerdo en que viviremos el Otro México, que naceremos: una Nueva Constitución.

«Este lugar que queremos construir se llama la Otra Campaña, la Otra Política.

Como pueblos indios tenemos que construir nuestro propio lugar donde se reconozcan nuestros derechos y nuestra cultura. Donde seamos indígenas y mexicanos con dignidad…».

El Cambio de Michoacán, Domingo 13 de agosto de 2006

http://www.cambiodemichoacan.com.mx/vernota.php?id=48961




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